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Desde República Dominicana
Miguelina Mendoza Ramírez
La Suerte (Cuento)


ILUSTRACIÓN: ARTESANÍAS NILAIKITA-NILAYCA "LA SUERTE"

Cuando Marcos despertó ya pasaban las once de la mañana y su madre estaba tan rabiosa que parecía un carbón encendido. Marcos sacó la cabeza de debajo de las sábanas y se estiró todo lo que pudo abriendo su boca de gruesos labios rojos. Hizo tantas musarañas para soltar el sueño que más bien parecía como si un espíritu maligno estuviera invadiendo su cuerpo.

Caminó despacito hasta el patio y se metió corriendo a la letrina, un cajón hecho de tierra colorada y madera resguardado por unas paredes de cartón piedra con las fotos de todos los candidatos políticos y techada de hojas de lata de aceite Crisol. Salió y se lavó la cara, buscó un jarro con agua y se cepilló los dientes.

No bien se disponía a tostar el maní que vendía frente a la iglesia cuando vio que se acercaba un hombre blanco con aspecto de gringo, quien traía en sus manos un maletín negro y una funda llena de papeles enrollados. Marcos se asustó. Primero pensó que talvez ese gringo traía noticias de su padre, el viejo Antonio, conocido en todo el pueblo como el mejor amarrador de tabaco, quien un día se fue a trabajar a una finca de un pueblo cercano donde se necesitaban hombres como él y jamás regresó. Pero también Marcos pensó que ese gringo venía a buscar alguna información porque era un periodista extranjero, de esos que han hecho fortuna convirtiendo la pobreza y el dolor de los débiles en noticia sensacional. Muchas ideas pasaron por su cabeza, tantas que cuando el hombre blanco ya estaba frente a él, Marcos estaba tan aturdido que sus grandes ojos negros sólo podían ver estrellitas.

-Hello!, muchacho- dijo el hombre y a seguidas le pasó la mano por la cabeza a Marcos en un gesto de confianza y bondad que asustó al pequeño.

Con una voz debilucha musitó un hola casi sordo y se fue corriendo hasta la cocina donde su madre agitaba una tapa de caldero viejo para soplar el fogón.

-Mamá, saiga pronto, venga a vei, afuera hay un gringo que parece que quiere hablai con usté-

Su madre secándose el sudor con un pedazo de su falda y limpiando el tizne de sus manos, se dirigió hacia el forastero.

-Bueno día, uté me dice rápido qué anda haciendo poi aquí poique yo no tengo tiempo pá jablai bobería asina me diga uté que mi marío apareció-

-No, no, permítame, por favor, presentarme- y le extendió su mano a la mujer.
-Soy Ernesto Bodines, comerciante, y ando buscando mujeres que quieran trabajar. En el bar cercano me dijeron que usted vivía sola y que talvez aceptara mi propuesta. Vea...

La mujer miraba con cierta duda al hombre, lo desvestía con la mirada, subía y bajaba sus ojos con la rapidez de una centella. De pronto, se acomodó los moños y entalló su vestido, parando el busto y sacando las nalgas, caminó delante del extraño y le invitó a pasar a la casa. En ese momento, Hidalga, que así se llamaba, empezó a sentir un cosquilleo por dentro porque la última vez que le leyeron la taza en la casa de su comadre Heriberta, ésta le reveló a un hombre rubio enamorado que le cambiaría la suerte, así que ese tenía que ser, pensó y la felicidad y el fuego libidinoso que había perdido desde que su marido la abandonó parecía invadirla toda desde la punta de los pies hasta los moños.

Cuando el hombre estuvo sentado dentro del hogar, la mujer abrió las ventanas para dejar escapar el olor a leña ardiente y que penetrara la luz del mediodía. Le pasó un jarro con café y ella se sentó en la mecedora frente a él.

Nada de palabras, sólo inspeccionaba al hombre y este, la miraba y sonreía. Era un silencio extraño, un silencio seco, mudo que la mujer rompió sólo cuando de un tirón se paró en la puerta y vociferando, dijo:

-Maiquito, venga y llévemele a la comadre Pina eso ramo que tan ahí. Tenga do peso y tráigame eso de jabón de lavai, cómprelo en la puipería de Maitín, que ese todavía lo paite como e!

Se incorporó nuevamente y habló con el comerciante, le preguntó las condiciones que ofrecía y acordó irse a trabajar con él.

Marcos regresó con el mandado pero presentía que algo raro estaba sucediendo con su madre, pues como él decía, cuando a un muchacho le duele la barriga, como si quisiera hacer pupú sin haber comido nada, era porque el diablo andaba cerca.

Abrió la puerta de la casa, todo allí estaba inmóvil, buscó a su mamá en la enramada, entró a la letrina, corrió por la empalizada y no encontró más que el calor que despiden las piedras a las tres de la tarde.

Marcos no se inquietó, llegó a pensar, incluso, que su madre aprovechó al extraño para hacer sus acostumbrados viajes a la ciudad y que traería dulces y un soldadito de juguete para él.

En realidad, Marcos nunca supo la razón de los viajes de su madre a la ciudad, y tampoco se atrevería a preguntarle pues en el fondo le encantaban esas salidas vespertinas porque eso quería decir que comería golosinas y que cabía la posibilidad de estrenar algún que otro pancho conseguido a buen precio por su progenitora.

Llegó la noche y Marcos aún estaba solo aunque un poco preocupado pues fue al cuarto y vio que los ahorros que su madre guardaba debajo del colchón ya no estaban pero, se durmió cabeceando en la mecedora, borracho de kikirikís y seguro de que esta vez sí le traerían la patineta que olvidó el Niñito Jesús aquella Navidad. Ya Marcos ni lloraba, las lágrimas dejaron de brotar por cuenta propia cuando se cansó de esperar a su padre. Más bien, recordaba con dolor que hace tres años, un 12 de julio por la mañanita, día de su cumpleaños, cuando su papá le dijo: “Epéreme bañaíto, mijo, que uté y yo vamo pai pueblo. Hoy uté cumple 6 año y va ja conocei lo caballito”. Por eso, no sentía en su corazón ganas de albergar muchas esperanzas con su madre, él sabía que en cualquier momento ella entraría por esa puerta resabiando como siempre y él volvería a tostar el maní para venderlo en la puerta de la iglesia.

Cuando amaneció, se tomó un poco de agua de azúcar, buscó el maní, lo echó en una palangana y se fue. Era domingo y la misa comenzaba con el cantar del gallo. Pocos vecinos caminaban a esa hora, la quietud era inmensa, ni siquiera el aire se movía. Cuando llegó a la puerta de la iglesia, el Padre lo miró con ojos de compasión, a él no le gustó eso, no creía ser un muchacho que incitara a los tristes sentimientos.
-Ven, entra, Marcos, antes de que se llene el salón quiero hablar contigo- dijo el Padre.
Entraron a una salita llena de crucifijos, caballetes y una virgencita de las Mercedes acomodada en un rincón. El Padre haló dos butacas y tomó a Marcos por su delgado cuerpecito dejándolo caer en el asiento con sus polvorientos pies colgándole como dos campanas.
Marcos olía que el ambiente estaba raro. Desde que salió de su casa esa mañana pudo notarlo y no sabía por qué volvía a tener ese afán de hacer pupú que se le metía en la barriga.
-Dígame, Padre, lo que uté quiera que yo se lo digo a mi mamá cuando ella llegue, a mí no se me oivida ná-, le dijo.
-Bueno, Marcos, creo que tendrás que quedarte en la iglesia por un tiempo. Será bueno que me acompañes, aquí hay mucho trabajo que hacer y mis años no me permiten la agilidad de antes. Además, siempre es bueno conversar con los amigos.-
-Ajá! Y uté quiere que yo deje a mi mamacita sola. Mi taita se laigó y ahora yo también la dejo a ella. No, Padre, peidone, pero uté tendrá que bucai otro muchachito pá su mandao. Yo puedo vení y dipué de que venda ei maní yo le hago aigo, pero dejai a mi mamá nunca, Padre, nunca!
-Marcos, es que tu mamá no va a volver. Ella no puede volver. Mira, tú no sabes leer todavía pero puedes entender muchas cosas. Es que tu mamá se fue a trabajar para cambiar tu vida y la de ella y bueno, no siempre se cumplen los sueños... tu mamá no pudo... - un nudo en la garganta se apoderó del sacerdote y dos lágrimas corrieron por sus gastadas mejillas.
-Teimine, Padre, y eplique bien poique no entiendo y mire, cuando yo no entiendo uno decire, se me van poniendo lo sojo como do potema, Padre, poique me neivioseo-
El sacerdote buscó el periódico y le mostró la foto donde aparecía una mujer vestida de amarillo con unos moños grandes atados sobre las orejas y tirada en la arena, el vientre hinchado y la mirada perdida. Era la madre de Marcos que yacía a orillas de una playa.
Marcos vio la foto apretando el periódico con sus manitas negras y llevándoselo al pecho, fijó sus ojos en los del Padre y dijo: -La sueite no siempre tá de ete lao.


QUERIDA AMIGA:
RECIBO CON EMOCIÓN OTRO DE TUS ESCRITOS CON LOS QUE HONRAS NUESTRA WEB.
SE QUE MUY PRONTO ESTAREMOS COMPARTIENDO ESTE AMOR POR LAS LETRAS Y ESTRECHÁNDNOS EN EL ABRAZO FRATERNO DE NUESTRAS "ALAS" Y UNIENDO LA CULTURA D ENUESTROS PUEBLOS.
RECIBE DESDE YA MI AGRADECIMIENTO EN NOMBRE DE TODOS LOS ESCRITORES DE LA WEB QUE LUCHAN JUNTO A QUIEN TE ESCRIBE POR UN MUNDO MEJOR DESDE EL ARTE EN TODAS SUS EXPRESIONES.
HASTA MUY PRONTITO!!!
SILVIA AIDA CATALÁN-
FUNDADORA DEL TALLER ARTÍSTICO "ALAS ROTAS" EN HOMENAJE A JUAN FACUNDO, MI HERMANO

Silvia Aída Catalán
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